martes, 28 de julio de 2009

Capítulo 7



Una ayuda desde el futuro.
¡Padre, debemos impedir que los saiyans venzan!




Vegeta miró aturdido hacia el horizonte. ¡Goku ha caído!, pensó fascinado. ¡No puede ser!
El rey se giró hacia él y sonrió con petulancia. –Nadie podrá enfrentarse a nuestro ejército, hijo mío. Ni siquiera tus amigos, Kakarot y Piccolo, han podido salir indemnes de sus enfrentamientos.
Vegeta expandió su percepción y se percató de que su padre tenía razón. ¡Piccolo también había sido vencido!
-Todo está controlado y programado, hijo mío. Nadie en todo el universo se atreverá a retar a los saiyans.
Vegeta miró a su padre con miedo. Sabía que lo que decía era cierto. Los saiyans, su propio pueblo, parecían tener todo bien atado. Y por la fuerza que había visto desplegada, si Goku no había podido hacerles frente, ¿quién demonios podría vencerles?
-Señor –intervino el general Zorn-, ese aumento de energía tan grande justo antes de la derrota de Kakarot debe haber sido Artíkone.
-¡Ni hablar! –contestó Turles-. Esa fuerza era aún más poderosa que Kakarot y Artíkone ni siquiera puede igualarse a nosotros.
-No os inquietéis –dijo el rey, poniendo calma entre los generales-. En cuanto Artíkone venga nos explicará qué fuese esa inmensa fuerza que nació durante su combate y cómo logro vencer a Kakarot.
Ambos miraron a su rey y asintieron.
El rey se volvió a dirigir a su hijo. Le puso las manos sobre sus hombros y le miró con firmeza. –Vegeta, hijo mío, ya es hora de que te enfrentes a tu destino. Es tiempo de que vuelvas a casa y ocupes el verdadero lugar que mereces. Es el momento de que vuelvas a ser el príncipe de los saiyans.
Vegeta no podía creerlo. ¿Ser el príncipe de los saiyans otra vez? ¿Volver a pugnar por el control del universo y someter a toda raza que se le opusiera? Todo eso ya había quedado muy atrás para él. Demasiado. Ahora era otra persona. Deseaba cosas muy diferentes a cuando era un guerrero del espacio.
Sin embargo, si todo lo que se decía era cierto, ¿por qué su corazón latía tan deprisa? ¿Por qué una risa nerviosa y descontrolada luchaba por salir?
-Padre,yo... –y las palabras murieron en su boca. No sabía qué decir. Aún no lo había asimilado, pese a tener a todo su imperio delante de sus narices.
-Vegeta, sé por todo lo que has pasado. Sé como esos terrestres te alienaron y te robaron tu verdadera esencia. Sé que estás con ello porque eran tus aliados más fiables. Pero ya no tienes que dejarte llevar más tiempo por tus miedos –pero Vegeta seguía enmudecido-. Ellos te han hecho enfermar. Te han intoxicado con su debilidad. Pero yo te voy a curar. Vegeta, haré que vuelvas a ser mi heredero.
Entonces, un grito les interrumpió.
-¡No le hagas caso, padre!
La voz provenía de unos metros delante suya. Y allí, caminando en actitud desafiante hacia ellos, se acercaba un chico de pelo morado que portaba una espada a su espalda.
-Trunks –dejó escapar Vegeta en voz muy baja-. ¿Qué es lo que haces...?
-¡¿Cómo has llegado tú aquí?! –el rey Vegeta no podía ni respirar-. ¡Cogedle! ¡No dejéis que se acerque! –gritó enloquecido.
Varios saiyans se pusieron en formación delante de aquel chico a la vez que Zorn y Turles se situaban frente al rey y su hijo.
Zorn, sin apartar ni un ápice la vista sobre el chico, hizo activar su explorador.
-Tranquilo –dijo Trunks mirando fijamente a Zorn-, no soy una amenaza. Ya lo veras cuando tu rastreador mida mi fuerza.
-15.500 preikes. No esta nada mal –contestó Zorn con una amplia sonrisa de suficiencia.
Y Trunks le miró sorprendido.
-¿Qué? ¿No esperabas que esté aparatito mostrase tu verdadera fuerza? ¿Creías que podías engañarnos rebajando tu nivel espiritual al mínimo?-le preguntó Turles con saña.
Trunks le miró de manera nerviosa. Se habían dado cuenta de su juego.
-Tienes razón, chico –habló Zorn-. Eres fuerte, si, pero no eres ninguna amenaza.
Y entre malévolas risas, los soldados saiyans que custodiaban al rey atacaron a Trunks. Sin embargo, pocos segundos después, todos ellos yacían en el suelo con sus cuerpos cercenados.
-Padre, no le escuches –le advirtió Trunks en voz alta-. En vuestro futuro, el universo está bajo el yugo de ese tirano –dijo señalando el rey Vegeta-. Y es mucho peor que con los androides. Todo es caos y destrucción. No hay libertad ni vida. Debemos pararle.
Vegeta se quedó paralizado por la revelación hecha por Trunks. No sabía qué hacía allí o cómo había llegado, pero algo dentro de su corazón le decía que tenía que hacer caso a su hijo. Que ya no podía quedarse quieto por más tiempo.
-¡Cogedle! ¡Haced que calle! –ordenó el rey.
Y antes de que nadie se moviese, Trunks entró en sintonía con su espíritu. Y un aura dorada estalló a su alrededor envolviéndole con su gran fuerza y transformando su cabello morado en un rubio tan brillante como el sol.
Después, el guerrero del futuro alzó los brazos e hizo unos extraños y rápidos gestos con ellos. Segundos después de que hubiese parado, una potente bola de energía salió despedida desde las palmas de sus manos en dirección al rey.
En completo mutismo, el general Zorn avanzó con celeridad y se puso en la trayectoria de la esfera de energía. Con una sola mano, el saiya detuvo el ataque e impidió que conectase con su objetivo.
Sin embargo, a los pocos segundos se dio cuenta de que algo iba mal.
El ataque de Trunks era potente e impetuoso, y la fuerza que generaba iba creciendo a cada segundo que pasaba.
Asustado, Zorn tuvo que agarrar la bola de energía con su otra mano y con dificultad reconducirla y enviarla hacia el cielo de Namek.
Y justo cuando el general estaba en esa posición tan vulnerable, Trunks saltó hacia él espada en mano y profiriendo un terrorífico grito.
Pero antes de alguno de ellos pudiese reaccionar, Turles, moviéndose fugazmente, voló al encuentro de Trunks. Y antes de que el super saiya pudiese verle, el general de la División de Exploración le dio un fuerte rodillazo en el estómago. Y de la potencia del golpe, Trunks soltó su arma y perdió su estado de super guerrero.
Dolorido y casi sin poder respirar, Trunks cayó sobre la hierba mientras se sujetaba la barriga a causa del dolor.
-Bien hecho, mis generales –habló el rey Vegeta-. Pero no debisteis ensuciaros las manos con esta escoria. Dejad que otro lo remate. ¡Vegeta! ¡A por él!
Vegeta le miró extrañado por la orden y en ese instante, se quedó petrificado al ver que no se estaba refiriendo a él. Otro Vegeta exactamente igual a él salió de la nada y pasó sonriente frente a él.
¿Quién era ese? ¿Por qué había un reflejo suyo en el ejercito de los saiyans? Vegeta no daba crédito.
El otro Vegeta se acercó a Trunks y comenzó a golpearle sin piedad alguna. Y justo cuando el clon-droide iba a darle el golpe de gracia a Trunks, éste, en su último aliento, pidió auxilio a su padre.
-¡Padre, por favor! ¡No permitas que gane! ¡En cuanto consiga crear su ejército de super saiyans, todo el universo estará condenado!
Y el Vegeta-droide le hizo callar de un puntapié.
Vegeta, hasta ahora petrificado y absorto por la mezcla de sentimientos que explotaban en su interior, vio como la sangre de su hijo comenzaba a teñir la verde hierba de Namek y se lanzó en su ayuda.
Y de una patada en el cuello a su homólogo, Vegeta mandó a su enemigo contra la montaña que había a cientos de metros de allí.
-Escúchame, rey de los saiyans –dijo Vegeta señalando a su padre-. Ya no soy el mismo que conociste. Hace tiempo que los terrestres han dado un sentido a mi vida. Un significado que nunca tuvo. Ahora soy parte de ellos. ¡Soy su héroe! Me han dado los regalos más preciados que alguien jamás podría haber recibido: cariño y esperanza. No quiero un universo al que gobernar, solo poder vivir en paz junto a ellos.
-Hijo mío, si quieres que sea por las malas, así será –respondió el rey con el rostro torcido por la ira.
Entonces, varios Vegetas más salieron del interior de la nave y ante la asombrada mirada del príncipe saiya, aquellos bio-droides se convirtieron en unos extraños super guerreros.
Malherido, Trunks se reincorporó y se puso junto a su padre.
-Te ayudaré, padre. Tenemos que impedir que venzan.
Vegeta miró de soslayo a su hijo y sonrió. –Pues espero que lo hagas mejor que hasta ahora –le contestó con crueldad-. No pienso estar pendiente de ti en esta lucha.
Trunks agarró con fuerza su espada y rió. –Solo me han pillado desprevenido. Ahora iré en serio.
-Eso espero.
Y padre e hijo se lanzaron contra aquellos clones biomecánicos.
Rayos de energía, brutales golpes y precisos cortes se dieron lugar en el caos de la refriega.
Vegeta conseguía tumbar a un enemigo por golpe mientras Trunks, más astuto y menos potente, atacaba a las partes más débiles de cada rival para impedir su funcionamiento.
Y los dos super saiyans consiguieron tumbar a sus oponentes con bastante facilidad.
-Si esto es todo lo que nos puedes echar, estás acabado –dijo Vegeta, divertido-. Si quieres un hijo, quédate con esa mala copia de cyborg que tienes de mí.
-Te lo advertí, Vegeta. Será entonces en contra de tu voluntad –sentenció el rey.
De la nave salió una figura pequeña, menuda y débil. Sin embargo, el príncipe palideció al verla.
-¡Babidi! ¡No! –Vegeta estaba asustado.
-Vamos, Babidi, sácale a la luz todo su espíritu saiya –ordenó el rey.
Entonces, Babidi con su poder potenciado volvió a entrar en la cabeza de Vegeta y le hizo aflorar todo el mal que aún albergaba en su interior. Y una tormenta de emociones pasadas se formó en su corazón.
La derrota de la Tierra, la humillación de ser superado por un simple soldado de baja categoría, el estar relegado a un segundo plano, el haber obedecido a Freezer; el miedo por no rebelarse, la cobardía, el poco coraje,...
Y Vegeta se sintió como si estuviese de nuevo en aquella época, pero con el poder suficiente para poder cambiar las cosas.
En un abrir y cerrar de ojos, Vegeta volvió a estar controlado por sus sentimientos más oscuros y Trunks, asustado, solo pudo comenzar a rezar.
El príncipe de los guerreros del espacio se transformó en el segundo grado de los super saiyans y gritando como un demente saltó sobre su hijo. Y la lucha fue salvaje.
Sin poder reaccionar, una avalancha de golpes hizo que Trunks sangrase hasta por el más recóndito poro de su cuerpo. Y cuando Vegeta le hubo dejado medio muerto, volvió a golpearle. Y más aún. Hasta hacer que el rostro de su hijo solo fuese un maltrecho trozo de carne.
Cuando no sintió ni la más mínima energía en el cuerpo de su vástago, le escupió y lo mando lejos de sí de un puntapié.
Y el rey Vegeta no pudo más que aplaudir la actitud de su hijo.
-Bienvenido a casa, príncipe Vegeta.
El rey volvía a tener a su heredero.